CERRÓ EL MUNDIAL: ¿APRENDIMOS ALGO?
Según The Guardian, la FIFA embolsó cerca de 15,000 millones de dólares con este mundial, la edición más rentable y comercializada en la historia del torneo. Detrás de las cifras astronómicas y las noches de fiesta que vivimos en México, Estados Unidos y Canadá, queda una pregunta incómoda para nosotros: ¿qué aprendimos realmente de este mundial más allá del negocio?
La respuesta no está en la cancha de los grandes, sino en cómo forman a sus niños los países que más se han desarrollado recientemente en este deporte.
Noruega fue, sin duda, el equipo más querido del torneo. Y no es casualidad: su modelo de formación deportiva para menores de 13 años elimina el marcador de los partidos, prohíbe publicar rankings, prohíbe las competencias nacionales, apuesta por la especialización tardía y entrega un trofeo a todos los participantes. Su lema lo dice todo: alegría en el deporte para todos. Erling Haaland, hoy uno de los delanteros de élite del mundo, creció bajo ese modelo.
Cuando la identidad de un niño no depende de un marcador, su cerebro entra en un estado de juego puro. Se elimina la presión externa y esa libertad bloquea el miedo al fracaso. Ahí, sin la obligación de ganar impuesta desde afuera, la competitividad se convierte en un deseo interno que no tiene techo. Ganar deja de ser una exigencia y se vuelve una elección propia.
México necesita construir un modelo formativo con un estilo de juego propio, uno que potencie las habilidades reales de nuestros deportistas, no que las uniforme. Hay países que, con un plan claro y decidido, están cambiando poco a poco su historia futbolística.
Marruecos invirtió más de 15 millones de dólares en un centro de formación de élite basado en datos de cada jugador, y su federación obligó a todas las academias del país a enseñar un mismo método, para desde ahí construir un estilo propio. Bélgica hizo algo similar: obligó a todas sus escuelas de fútbol a usar una sola metodología de enseñanza, el rombo, y hoy cosecha los resultados. Croacia, por su parte, apostó por eventos de competencia brutal entre los mejores del país desde edades muy tempranas, empujando a cada niño a romper su límite diario, y obligó a cada jugador, sin importar su posición, a jugar en todas las posiciones del campo, para que entendiera el juego en su totalidad.
Tres caminos distintos, una misma convicción: no se llega a la élite por accidente, se llega con un modelo.
Este fue, sin duda, un mundial maravilloso, uno que generó utilidades que nadie imaginó posibles para este deporte.
La final la jugaron Argentina y España. Argentina mostró que ya no estaba para ser campeona: un fútbol aguerrido, con momentos incómodos que expresaron impotencia y poca elegancia. España, en cambio, volvió a hacer magia con el balón, para deleite de quienes amamos este deporte.
Al final, vemos que México gastó muchos millones de dólares en organizar un evento espectacular, y eso está bien. Pero ojalá que, además de las fotos y la fiesta, nos quede la lección de fondo: los mundiales no se ganan en cuatro semanas de julio, se ganan formando niños libres, sin miedo al marcador, potenciando sus habilidades durante un par de décadas como mínimo. Esa es la inversión que todavía tenemos pendiente.
principal@globaluniversity.edu.mx
(Esta opinión fue escrita por Juan Camilo Mesa Jaramillo con la revisión de Claude AI de Anthropic)
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